La supresión de los sÃmbolos religiosos en las tomas de posesión es, actualmente, un tema de debate.
Ha creado polémica el hecho de que la proposición no de ley, registrada por IU e ICV, contara con 6 abstenciones, 9 votos a favor y 309 en contra. Los votos en contra fueron evidentes, ¿es normal que ocurra algo asà en un estado aconfesional como es España?
Casi todos los Estados occidentales son aconfesionales, pero ello no significa en modo alguno que desprecien las costumbres sociales y los signos identitarios comunes. Incluso el Estado francés, el de mayor tradición de laicidad, no sólo celebra muchas ceremonias oficiales con signos religiosos o crucifincluso en iglesias, sino que muchas de las iglesias católicas son de propiedad municipal y de uso exclusivo para la Iglesia.
La cuestión es que,el propio Congreso, rechazó la supresión de sÃmbolos religiosos, tales como el crucifijo o la Biblia, en los actos de tomas de posesión de los cargos públicos, ¿cual cree usted que es la razón?
Entiendo que, al rechazar la propuesta, el Congreso se inscribe en esa lÃnea de respeto a las costumbres sociales. Por otra parte, cuestiones como ésta, delicada desde muchos puntos de vista y sensibilidades, necesitan una evolución suficiente y un consenso social y polÃtico muy mayoritario, que no parecÃa en modo alguno existir.
De hecho, aquellos que defendieron el texto, propusieron también crear un «protocolo de aconfesionalidad» acorde con el carácter aconfesional del Estado que proclama
la Constitución.
De este modo ¿cree que la creación de dicho protocolo es viable?
PodrÃa ser viable, pero deberÃa ser también prudente y ecuánime.
La Constitución, en su artÃculo 16, establece literalmente que “ninguna confesión tendrá carácter estatal”, pero a la vez ordena que los poderes públicos mantengan relaciones de cooperación con las Iglesias y Confesiones. Por tanto, la Constitución española no mantiene un principio de no confesionalidad “negativo”que aparte la religión del ámbito público o la ignore, sino que propone lo que llamamos “aconfesionalidad positiva”. Un protocolo de actuación del ámbito público, por tanto, no deberÃa ignorar los factores sociales, sino integrarlos con prudencia y sin confusión “polÃtica”, al mismo tiempo que se garantizara en cierto sentido el derecho personal a una determina opción religiosa de los interesados.
Como todo ello no puede dejar de ser muy difÃcil, los Estados suelen orientarse por la costumbre y la adaptabilidad.
Algunos grupos propusieron no sólo suprimir el crucifijo o la Biblia en las tomas de posesión, sino eliminar totalmente este tipo de ceremonias por ser anacrónicas. ¿Hasta qué punto, opina usted que España mezcla polÃtica y religión?
No creo que en España se mezcle excesivamente polÃtica y religión por parte de los poderes públicos; en todo caso, son los medios de comunicación quienes a menudo tienden a tergiversar la realidad. De hecho, la religión está mucho más presente en la polÃtica de otros paÃses con larga tradición democrática, como Estados Unidos, Italia, Gran Bretaña…
Por otra parte, debe recordarse que tales sÃmbolos no necesariamente han de identificarse con una sola Confesión religiosa: la Biblia, por ejemplo, es común a todas las Iglesias cristianas, y puede ser vista como un signo de tradición cultural europea.
El decreto que regula las ceremonias de toma de posesión no establece obligación alguna de situar sÃmbolos religiosos. Por tanto, no hay norma alguna que rectificar. Entonces ¿por qué cree usted que se sigue practicando?
Debemos recordar que la costumbre es también fuente normativa.
Como antes mencionaba, ciertas costumbres sociales se mantienen hasta que los propios implicados, de forma mayoritaria (no por un grupo muy minoritario) y de manera natural, hacen evolucionar esas costumbres.
Desde el punto de vista constitucional y dada la laicidad del Estado, ¿retirar los sÃmbolos serÃa lo más lógico o cree que existirÃa enfrentamiento entre algunos partidos?
La no confesionalidad del Estado y de las Administraciones públicas no es cuestión de sÃmbolos, en realidad, sino de respeto a la pluralidad de opciones, de igualdad de trato, de no discriminación. Nada se consigue si se eliminan sÃmbolos, pero no se respeta el fondo.
Por otra parte, eliminar sÃmbolos en muchos casos es del todo imposible: por ejemplo, en edificios públicos de cierta antigüedad forman parte de la estructura arquitectónica, de la decoración, del arte… en definitiva, de la identidad común y de la historia. Como antes señalaba, el mantenimiento o no de los signos religiosos ha de ser prudente y debe tener en cuenta esas realidades.
Un exceso de “laicización” podrÃa resultar absurdo o contraproducente: ¿suprimiremos las fiestas de Navidad o Semana Santa? ¿cambiaremos tantos nombres de localidades con santos? ¿retiraremos los cuadros religiosos de los museos o de los entes públicos? ¿impondremos a los polÃticos una autocensura para eliminar expresiones tradicionales y hablar “como Dios manda”!?
Como puede comprenderse, en materia de libertad religiosa y de laicidad, los maximalismos fácilmente pueden derivar en totalitarismo y opresión, por lo que se deben considerar soluciones moderadas y pactadas.
Europa ya ha tenido demasiadas “guerras religiosas” como para imponer soluciones partidistas.
















