Por Cristina Ribas Casademont, abogada especialista en Internet y Nuevas Tecnologías de Ribas Casademont Advocats” 

 Hace unas semanas conocíamos el desenlace fatal de una historia contada por una adolescente canadiense de 15 años, Amanda Todd.

A través de un vídeo en YouTube, Amanda nos mostraba su pesadilla a través de unas cartulinas, donde pedía ayuda porqué necesitaba a alguien.

Su estremecedor caso empezó cuando, con tan sólo 12 años, contactó con un extraño en Internet. Éste le pidió que le mostrara los pechos.

Un año más tarde el individuo cibernético y anónimo comenzó a acosarla por la Red, advirtiéndole de que si no hacía lo que le pedía, publicaría sus fotos en Internet. Y cumplió: sus imágenes aparecieron en los ordenadores de sus profesores, amigos y familiares.

Durante tres largos años, Amanda sufrió en sus propias carnes las consecuencias del grooming que se desencadenó en una grave situación de acoso, coacciones y amenazas. Y un mes después de publicar su desesperado vídeo, se suicidó.

Qué es el grooming?

El grooming es un acto de acoso cometido por parte de un adulto sobre menores de edad, con la finalidad de obtener una satisfacción sexual a través de la captación de imágenes de contenido erótico y/o pornográfico. Logrado su objetivo, si el menor se niega a mantener el contacto, el acosador empieza a amenazarlo y acosarlo advirtiéndole de que hará llegar el contenido a sus padres y a sus amigos. Hay que tener en cuenta que acosador y víctima no se conocen personalmente, de ahí que revista importancia el uso de las TIC para su comisión.

Los comportamientos de grooming constituyen un atentado contra la libertad sexual del menor puesto que el autor obtiene el consentimiento del menor (un consentimiento viciado por falta de capacidad, o por engaño). Por tanto, no se trata de una agresión contra su indemnidad sexual (p.ej.: abusos y agresiones sexuales) porqué en estos casos el consentimiento brilla por su ausencia.

Para que os resulte más fácil comprender la evolución de las situaciones de grooming, os propongo el siguiente esquema:

Cascada de las 7 fases del grooming:

  1. El depredador inicia su contacto con el menor escondiendo su verdadera identidad;
  2. El depredador quiere captar la confianza del menor;
  3. Captada ya su confianza, ahora buscará captar su voluntad;
  4. El menor (confiado y voluntad) accede a las peticiones del depredador;
  5. El depredador obtiene el contenido erótico y/o pornográfico de la víctima
  6. El depredador comienza a presionar al menor para que siga manteniendo el contacto con él, coaccionándole, acosándole y amenazándole con divulgar el material que ha obtenido; y
  7. La pesadilla de la víctima no ha hecho más que empezar…

¿Cómo se pueden penalizar los casos de grooming en España?

Es posible sancionar penalmente las conductas de grooming canalizándolas a través del art. 189.4º del Código penal, que opera como norma residual frente a otras conductas más específicas previstas en el mismo tipo penal. En este sentido, el art. 189.4 CP establece que: “El que haga participar a un menor o incapaz en un comportamiento de naturaleza sexual que perjudique la evolución o desarrollo de la personalidad de éste, será castigado con la pena de prisión de seis meses a un año”.

Además, si el menor se ha exhibido ante el depredador vía webcam o su imagen se ha grabado en un fichero multimedia, esta conducta será constitutiva también de un delito de revelación de secretos (art. 197.1 CP); y si han existido situaciones de presión, éstas por su parte serán constitutivas de un delito de amenazas y/o coacciones, previstas en los art. 169 CP y 172 CP respectivamente. Con todo, nos encontraremos ante un verdadero concurso ideal de delitos.

Consecuencias del acoso a menores

Para determinar de una manera más precisa las secuelas que sufre un menor que es víctima de grooming, será indispensable realizar un tratamiento y seguimiento psicológico o psiquiátrico y plasmarse en un informe pericial. Precisamente, ésta es una exigencia que se deriva de la propia redacción del art. 189.4 CP dado que debe acreditarse que dicha conducta de acoso ha perjudicado la evolución o desarrollo de la personalidad del menor.

No obstante, cabe tener en cuenta las consecuencias que se producen fuera del ámbito estrictamente jurídico, como lo es el ámbito social en el que se mueve la víctima.

Y es que el caso de Amanda no es para nada aislado ni insólito, pues las víctimas no solamente deben soportar las presiones virtuales a las que son sometidas, sino también a las burlas y al maltrato físico que sufren en la vida real por parte de sus compañeros de colegio.

Así, debido al trauma producido, las víctimas desarrollan un cambio de personalidad: llevan a cabo conductas autodestructivas, baja el rendimiento escolar, y sufren depresiones. Cabe decir que éstas son las consecuencias más leves a las que se pueden enfrentar.

Además, cuando el depredador amenaza a su víctima con divulgar el material, ésta es propensa en caer en la discriminación social. Y no solamente esto, sino que cuando el acoso se prolonga en el tiempo (en el caso de Amanda, tres años) la víctima llega a una última fase en donde se producen daños físicos que pueden ir desencadenándose hasta a un punto extremo: el suicidio.

En mi opinión, siempre que estamos hablando de ciberacoso en general y sea cual sea el acto o comportamiento en el que se haya manifestado, debemos tener en cuenta que las víctimas sufren, por si no tuvieran bastante, un doble-acoso: por un lado, el que malviven en la Red; pero por otro, cuando el acoso de la Red cobra vida, sale de la pantalla e invade y contamina su vida social y real.

Y es aquí donde la situación de acoso es continuada por parte de otras personas que sí tienen contacto físico con la cibervíctima. Por mucho que ésta cambie de amigos, de pueblo y de colegio, el depredador cibernético seguirá con su hazaña contaminando a estos nuevos amigos, a este nuevo pueblo y a este nuevo colegio. En consecuencia, la situación se habrá convertido en un círculo vicioso y urgirá erradicarla y construirle un corta-fuegos.

Es importante que las víctimas sientan que no están solas, darles apoyo y hacerles llegar el siguiente mensaje: “También somos nosotros los que necesitamos de ayuda, de tu ayuda. Solamente así podremos ganar la batalla”.

Dedicado a todas las Amandas de nuestro país.

 

 

 

 

 

 

 

4 Comentarios

  1. Estoy muy de acuerdo, después de ver lo sucedido con Amanda o más reciente con Felicia, los padres no podemos estar de brazos cruzados y pensar que es un caso aislado. Internet entraña más problemas de los que podemos pensar y privar a nuestros hijos de él tampoco podemos hacerlo, ya que también tiene cosas buenas. En mi familia estamos utilizando un programa que nos permite ver que hacen en las redes sociales nuestros hijos y de esta manera detectamos de manera inmediata si están sufriendo algun tipo de bullying o sextorsión, se lo recomiendo. les dejo el enlace por si os interesa http://www.sassreport.com

    • Gracias por compartir el enlace! Estoy de acuerdo en que a l@s niñ@s no se les puede privar de Internet, porqué significaría excluirlos de su entorno. Lo que debemos hacer los adultos es educarles digitalmente: que conozcan tanto las ventajas como los peligros. Felicito a tu familia por la iniciativa que habéis emprendido!
      También xisten otras formas de protección para vuestr@s hij@s a parte de los programas específicos, como por ejemplo, configurar adecuadamente la privacidad de los perfiles que tengan en las redes sociales; y utilizar herramientas de control parental que permiten bloquear sitios web con contenido inapropiado. Te recomiendo que visites http://www.inteco.es
      Saludos!

  2. Estupendo artículo Cristina – me he permitido reenviarselo a la ONG Save the Children para que tenga mayor difusión e impacto. Muchas gracias por escribirlo.

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