Por Silvia Pérez-Navarro, socia directora de Iterlegis

La abogacía, como otras disciplinas, se ha ido adaptando a los nuevos entornos profesionales influenciada por perspectivas económicas, sociales, tecnológicas  e incluso técnicas. En ese marco de evolución continua hemos observado, especialmente en la última década, el auge de una marcada tendencia: la cada vez mayor apertura de los abogados jóvenes de grandes despachos (profesionales con  menos de ocho años de experiencia) a dejar la práctica en este tipo de organizaciones para pasar a formar parte de los departamentos jurídicos de las empresas como lo que en el argot se denomina “abogado interno” o  abogado “in-house” si recurrimos al término anglosajón, de extendido uso en el sector jurídico español.

Tradicionalmente, los abogados recién licenciados tenían como objetivo prioritario (casi único) incorporarse a despachos; lógicamente, cuanto más grandes y de mayor renombre, mejor.

Aquellos que lo conseguían se sentían especialmente orgullosos de pertenecer a estas grandes y sofisticadas organizaciones legales que, entre otras cosas, les proporcionaban -y lo siguen haciendo- la oportunidad de formar parte de las operaciones y los asuntos jurídicos más relevantes del momento y de ejercer para distintos tipos de clientes. Todo ello en un hábitat  poblado, mayoritaria y habitualmente, por profesionales muy cualificados. A esto se le sumaba un sueldo atractivo y fuertes posibilidades de promoción.

Todo ello compensaba el alto coste personal que conllevaba, directamente proporcional al nivel de exigencia y tensión que requiere trabajar en un gran despacho y que, necesariamente, pasaba por sacrificar vida personal. Y compensaba tanto que eran muy pocos los abogados junior o de nivel intermedio que tras haber logrado incorporarse a grandes despachos se planteaban otra opción profesional.

Si bien los grandes despachos siguen siendo el principal objetivo de los abogados a la hora de buscar oportunidades profesionales, nuestra experiencia en Iterlegis nos ha permitido observar que son cada vez más los abogados jóvenes que, estando ya ejerciendo en ellos, entran voluntariamente en los procesos de selección de abogados “in-house” que abren las diferentes empresas con que trabajamos. En este sentido, hemos identificado tres razones principales del auge de esta tendencia:

  • El deseo de introducirse en el mundo empresarial, involucrarse  directamente en el negocio de la compañía mediante su asesoramiento jurídico (lo que se denomina “business partner” o “business facilitator”) y tener relación directa con departamentos de la empresa con los que desde los despachos no se suele interactuar, como el de marketing y comunicación, las distintas unidades de negocio, o el departamento financiero, entre otros.
  • La preferencia por trabajar para un cliente único, lo que le permite conocer cada proyecto en profundidad, desde el inicio y en todas sus dimensiones.
  • La búsqueda de una mayor conciliación entre su vida profesional y su vida personal. Si bien es cierto que en muchas empresas se trabaja muchas horas y con gran intensidad, los plazos para prestar el asesoramiento jurídico son distintos a los que se aplican en un despacho, lo que permite repartir mejor en el tiempo las cargas de trabajo. No es menos cierto que cada vez son más los despachos que prestan atención a este tema y se suceden las mejoras al respecto pero, a día de hoy, las “puntas” de trabajo son continuas y el nivel de servicio exigido por cada cliente requiere grandes renuncias del tiempo personal  por parte de los profesionales del despacho. Queda aún mucho por mejorar en este sentido.

Las dos primeras razones  que mueven al abogado de despacho a plantearse el paso a la empresa no son nuevas, existen desde hace décadas; pero desde finales de los 90, y muy especialmente en los últimos cuatro o cinco años, hemos detectado que el aspecto relacionado con la conciliación y organización de la vida personal que ofrecen las empresas frente a los despachos gana enteros como elemento decisivo a la hora de platearse un cambio. De hecho, cada vez mas profesionales están dispuestos a sacrificar parte de su interesante remuneración en los despachos por ganar flexibilidad y equilibrio entre su vida personal y profesional.

Por otra parte, el paso de despacho a empresa requiere de una adaptación en cuanto a la forma de prestar asesoramiento y, muy importante, en cuanto a la forma de relacionarse con los equipos de otros departamentos de la compañía. Por este motivo, los directores de asesoría jurídica de empresa suelen valorar mejor en sus procesos de selección aquellos perfiles que combinan una trayectoria previa en despacho y en empresa, lo que acorta y facilita el periodo de adaptación.

¿En qué consiste tal diferencia de asesoramiento y de interrelación? En primer lugar, el abogado de empresa deja de emitir un dictamen legal con diversas opciones para que decida el cliente, convirtiéndose en un miembro más del negocio que ha de involucrarse en la toma de decisiones. Así, aunque debe alertar de los riesgos posibles de una acción determinada, también debe ayudar a la empresa a buscar la alternativa que sea factible en Derecho y, simultáneamente, más adecuada para la estrategia de negocio de la empresa.

En cualquier caso, todo lo anterior ocurre hoy en un contexto de gran dificultad económica en el que las empresas requieren de más asesoramiento legal, pero cuentan con menos medios que en el pasado inmediato, por lo que los abogados de empresa deben, con frecuencia, enfrentarse a las situaciones de gran carga de trabajo que tradicionalmente aquejan a los despachos, y con menores medios que éstos.

Los despachos, por otro lado, se están viendo aquejados también por recortes y reducciones de personal. Difícil momento, pues, para decidir. En cualquier caso, bueno es para los profesionales de la abogacía que haya más posibilidades para elegir y que se rompan viejos esquemas. Sigamos evolucionando.

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