Por Roberto García Polo, asociado Garrigues Medio Ambiente y Jesús de la Morena, socio Garrigues Medio Ambiente.

En las dos últimas décadas, especialmente a raíz del despegue de la globalización y de las TIC’s, el concepto de empresa ha venido evolucionando hacia un enfoque más interdependiente con la sociedad. Hablando de RSE, RSC -o RSA en el ámbito de los despachos de abogados-. Hasta hace bien poco primaba en el mundo empresarial, apenas sin flexibilidad, la opinión de Milton Friedman, para quien la responsabilidad social de una empresa es hacer ganar dinero a sus accionistas con el límite del cumplimiento de las leyes y la ética, entendiendo por ética el conjunto de normas sociales comúnmente aceptadas para evitar el engaño y el fraude.

Pero los tiempos han cambiado, las reglas del juego también. Ya no estamos en los setenta, y el mundo de los negocios presente -y sobre todo futuro- no pivota sobre los mismos ejes de antaño. Como hemos indicado, el desarrollo del fenómeno de la “globalización”, el acceso a la información y el papel de los medios de comunicación, hace que haya muchos más consumidores y mucho más informados, y más competencia, tanto para “hacer negocio” como para atraer financiación e inversión.

Así, el Libro Verde de la Comisión Europea define la RSE como la integración voluntaria, y más allá de la estricta legislación, de las preocupaciones sociales y ambientales en las actividades de las empresas y en las relaciones con sus diversos grupos de interés (clientes, empleados, inversores, medios, autoridades…). De hecho, si comparamos el peso en los últimos años de los intangibles en el valor de compañías cotizadas con relación a, por ejemplo, hace 20 años, veremos que el escenario del juego empresarial actual es muy diferente al que existía cuando se sentaron las bases del modo de gestionar y de informar las compañías vigente en la actualidad.

Es muy oportuno citar en este punto al primer ejecutivo de una empresa española que ya en enero de 2003 en relación con este asunto decía: “No hay mejor reto para una empresa que ser la más admirada. Este reto implica que los mejores profesionales quieran desarrollar en ella su carrera, que los accionistas e inversores le confíen su capital, que los clientes la tengan como primera opción por la fiabilidad de sus productos y servicios, y que las sociedades y países en los que opera la quieran a su lado por su capacidad de contribuir y generar riqueza”.

Huelga decir que en la práctica totalidad de los estudios de diversas consultoras basados en encuestas a ejecutivos preguntándoles sobre esta materia, se destila la misma opinión: la RSE crea valor, aunque difícilmente cuantificable.

Así que, después de todo, Friedman tenía razón: el objetivo final es maximizar el valor de la compañía y, por tanto, el valor para el accionista. Sólo hay que matizar, adaptarse a los tiempos que corren: hoy en día dar valor al accionista conlleva una suerte de RSE que debe ser gestionada estratégicamente y, sobre todo, comunicada. De hecho, en su artículo Friedman también dejaba una puerta abierta a la RSE en tanto que se enfocara al interés de la propia compañía, es decir, de forma estratégica.

Entrando en la segunda parte, la comunicación de la RSE, ésta no tiene por qué ser necesariamente la publicación de una memoria ad hoc o estar integrada en el informe de gestión de la compañía, dependerá en cada caso de por qué se quiere comunicar, qué se quiere comunicar y a quién se quiere comunicar, cobrando especial importancia una identificación previa de grupos de interés clave para la compañía, de la información relevante para cada uno de ellos y de los interlocutores más adecuados por una y otra parte. Sin embargo, como elemento de mayor amplitud, un informe o memoria de RSE puede ser un buen instrumento, ya que con ello se pretende poner de manifiesto el valor de una firma más allá de sus activos financieros. De hecho, ya es obligatoria para algunas compañías en algunos países europeos como Francia (bajo un modelo poco flexible) o Dinamarca (bajo un modelo más flexible).

Para arrancar con un proceso de reporting de la RSE, la empresa puede contar con varias herramientas, si bien la más destacable es la creada por Global Reporting Initiative (GRI), una guía que contempla una metodología para elaborar memorias de RSE basada en los diferentes tipos de información que deberían abordarse en detalle (aspectos laborales, ambientales, económicos, de producto, etc.). Esta herramienta ha conseguido alcanzar y consolidar un importante reconocimiento internacional, por lo que en la práctica permite dotar de cierta homogeneidad a las memorias de sus usuarios, favoreciendo así la lectura y comprensión por parte de los destinatarios de la información (inversores potenciales, autoridades, empleados actuales y potenciales, etc.). No obstante, las empresas, especialmente en el caso de despachos de abogados, deberán adaptar la metodología planteada – bastante exhaustiva y de carácter general para el mundo empresarial- a sus circunstancias concretas.

Por otra parte, en España, el Consejo Estatal de Responsabilidad Social de las Empresas (CERSE), adscrito al Ministerio de Trabajo e Inmigración, ha aprobado recientemente un documento sobre “Transparencia, comunicación y estándares de los informes y memorias de sostenibilidad” donde, de forma compatible con GRI, se establecen recomendaciones sobre principios, criterios, temas y subtemas para informar. Así, junto con GRI, conforma lo que sería ahora mismo en España la documentación de referencia más adecuada para elaborar una memoria o informe de RSE.

Finalmente es preciso remarcar que el proceso de elaboración de una memoria de RSE, en la medida que implica reportar una serie de datos e información relativas a un ejercicio completo, debe plantearse con una antelación suficiente, recomendablemente superior a un año, con el fin de preparar los mecanismos y flujos de información y aprobación internos necesarios para llevar a buen término el proyecto.

The New York Times Magazine, September 13, 1970.