Por Antonio-Carlos Pereira Menaut, Profesor de Derecho Constitucional de la Universidad Santiago de Compostela

Partimos de la base de que no estamos ante un problema insoluble, y también de que el ordenamiento jurídico-positivo llega hasta donde llega y no más; si bien el Derecho (que no coincide cien por cien con el ordenamiento) y el razonamiento jurídico, pueden acercarse más a la raíz. Lo que ocurre en este caso es que la raíz es política. En todo caso, todavía está pendiente el referendum de 2014, y no es claro que los consultados elijan la separación.

En el caso escocés, por suerte para ellos, el asunto está en manos anglosajonas en cuanto al escenario británico, pero en el escenario europeo hay otros actores que no pertenecen a esa cultura política.

La pretensión caledonia, independentista y simultáneamente europeísta, plantea la cuestión de si la Unión hará automáticamente estado miembro a Escocia en caso de independizarse, o si, por el contrario, la hará salir formalmente de la Unión para a continuación solicitar el reingreso, posiblemente trabajoso y obstaculizable por cualquier estado miembro, como España.

Una de las claves para enfocar el asunto es la polifacética (más bien “trifacética”) naturaleza jurídica de la UE, que no es una organización internacional tradicional. Hoy, la Unión tiene tres caras o dimensiones: en algunos aspectos es una organización internacional clásica; en otros, una confederación, y en otros, una federación, incluso no poco centralizada. Si la Unión fuera sólo una organización internacional clásica, formada sólo por estados y que sólo trata con estados, de manera que quien abandone su estado miembro, abandona “eo ipso” la Unión a todos los efectos, la visión “oficial” y “estatista” sería la correcta. Cierto que es una unión de estados, y probablemente siga ésa siendo su dimensión dominante, pero desde Maastricht (¿o antes?) también es una unión de ciudadanos, con derechos personales incluso frente a sus estados. Indiscutiblemente, si tenemos esa ciudadanía europea es en cuanto ciudadanos de un estado miembro, pero esto ya no es blanco/negro, sino gris, y por eso tenemos que afinar y matizar nuestros juicios. Con el tiempo y la progresiva alteración de la proporción entre las tres dimensiones internacional, confederal y federal, los tonos de gris van cambiando; basta comparar el tenor literal de los primeros documentos europeos con los de hoy. Desde que la jurisprudencia empezó a reconocer los primeros derechos personales —sentencias Internationale Handelsgeselleschaft, 1970; Nold, 1974; etc.—, comenzó la Unión a ser, poco a poco pero sin cesar, una Unión de ciudadanos (incluso, en mucha menor medida, de territorios subestatales; pero ésa es otra historia).

Cuando esa Unión de estados pero también de personas ha gobernado directamente durante decenios un creciente número de aspectos de la vida de los escoceses; cuando ha afectado tanto sus vidas y haciendas (a veces con competencia discutible), y cuando ha alterado desde el número de patas de las sillas de oficina hasta el paisaje (en Galicia, indiscutiblemente), no puede ahora decir que esas personas, al dejar de tener pasaporte británico, se le vuelven indiferentes. Si Escocia se independiza, Bruselas no estará sólo tratando con la maquinaria de gobierno y administración llamada “Estado Escocés”, sino con cinco millones de personas cuyas vidas ha afectado a fondo; personas que son europeas y no quieren dejar de serlo. Una cosa es dejar fuera, o no reconocer como interlocutor, a esa nueva maquinaria de gobierno y administración, y otra ignorar o expulsar ciudadanos europeos con una larga pertenencia a la Unión.

Decíamos que hace mucho tiempo que la UE no es sólo una organización internacional clásica o de cooperación. No podía ser de otro modo: ¿No quisieron, acaso, sus Padres Fundadores, que fuera una organización internacional de integración? Pues el desarrollo lógico del carácter “de integración” ha producido un incremento incesante de la cara federal y la confederal. Las sentencias alemanas de Maastricht (1993) y Lisboa (2009) son duras con la UE y firmes en la soberanía originaria germana, pero no tratan a la Unión como una organización internacional de cooperación. Pues bien, como no es posible mantener a las personas escocesas en la esfera federal de la UE y al mismo tiempo expulsar al Estado Escocés de la esfera jurídico-internacional de la UE, lo sensato sería dejarlos dentro; especialmente teniendo en cuenta que Escocia no tiene legislación que adaptar ni acervo comunitario que implementar.

Y tampoco puede ser indiferente el hecho de que Londres no se oponga a la celebración del referendum; ¿va a ser Bruselas “más papista que el Papa”, más dura con Escocia que el propio Londres? Por cierto que esto último es bien interesante: si en el referendum ganasen los separatistas, seguramente no será el Reino Unido el estado miembro de la UE que más se les oponga.

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