Por Diego Ramos, socio de DLA Piper Abogados

El probable lanzamiento de una o varias plataformas de TDT de pago en España a partir del verano, junto con las negociaciones entre los operadores de telecomunicaciones y los titulares de contenidos para regular de un modo equilibrado las descargas desde Internet, son dos de las noticias que más interés han venido despertando en el mercado español de tecnologías en las últimas semanas. Una y otra poseen perfiles diferentes.

El lanzamiento de la TDT de pago es un proceso más local, afrontado ya en otros territorios hace tiempo, y donde las características específicas de España tienen por eso mismo mucho mayor peso. Entre esas peculiaridades está el del soporte tecnológico a emplear. A pesar de la queja generalizada que el gran público tiende a expresar sobre la dependencia española de la tecnología foránea, lo cierto es que desde hace mucho tiempo esa queja está más cercana del mito que de la realidad cotidiana. Los sistemas de tecnología desarrollados en España gozan de gran prestigio fuera de nuestras fronteras por su calidad, fiabilidad y carácter innovador. El sector de la tecnología audiovisual no es una excepción. Las empresas españolas se han sabido posicionar de manera inteligente en todos los eslabones de la cadena, desde los equipos físicos de emisión y repetición, hasta el hardware y software de encriptación y desencriptación de contenidos, cada nicho de producto tiene varios dignos representantes de nuestro país. Cada fin de semana, el producto estrella de la televisión de pago, ese fútbol de la liga española que enciende pasiones muy lejos de nuestras fronteras, se encripta con tecnología española para su retransmisión en buena parte de África y Oriente Próximo.

Podría pensarse, a la vista de lo descrito, que las empresas españolas de tecnología de TDT de pago se encuentran eufóricas. Sin embargo, no es esa mi sensación personal. Hay varios factores que generan desconfianza. La larga espera hasta que se ha alcanzado el consenso para abrir el mercado de emisiones digitales de pago ha hecho que varias empresas con potencial interesante queden en el camino. Por si ello no bastara, el mercado internacional de soluciones de televisión de pago (de sistemas de acceso condicional o protección de contenidos, para hablar con propiedad) se ha ido también reduciendo con la salida de algunos de los que fueron sus animadores más destacados hace apenas una década, provocando una concentración del mismo en pocas manos.

A lo largo de las últimas semanas se ha venido comentando en varios foros que, si desean cumplir con los estrictos plazos de lanzamiento previstos, las nuevas plataformas de televisión digital de pago deberán pagar algunos peajes. Entre ellos, el tecnológico, obligándose a implantar los sistemas de acceso condicional dominantes. Se ha configurado así una pugna curiosa entre los partidarios de una solución europea (o española, que lo mismo da) y los partidarios de una solución global (extra-comunitaria), pugna que creo poco razonable.

Es poco razonable porque la tecnología y el mercado deben ser neutrales y orientarse por los colores de la libre competencia y de la eficacia técnica, más allá de los colores de las banderas. Dicho de otro modo, que en este contexto nada bueno ha de traer el monopolismo, sea de corte nacional o foráneo, salvo reducir la calidad y subir los precios para el consumidor final de forma que la televisión digital “premium” que tanto anhelamos ver en los próximos meses no sólo sea de pago, sino además cara. Es el interés de la industria tecnológica en su conjunto, de las cadenas y, desde luego del consumidor, que convivan el mayor número posible de soluciones técnicas de primer nivel, bien en competencia por plataformas, bien en competencia libre a través de simulcrypt (y que el usuario final decida en función de sus gustos y posibilidades). La Administración Pública, a la que cabe exigir siempre neutralidad, puede sin embargo jugar un papel fundamental, sin dejar de ser neutral, evitando que se entable una lucha a muerte entre proveedores de sistemas de acceso condicional al modo de aquel inolvidable “sólo puede quedar uno” de la película “Los Inmortales”, en perjuicio del conjunto de un mercado emergente y, hasta donde yo veo, en beneficio únicamente de los piratas del audiovisual.

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