La preocupación sobre la situación laboral también se refleja en las personas que conservan su trabajo, de las que un 54% admite que no pondría inconveniente en trasladarse a otra ciudad.

Por nacionalidades, los inmigrantes muestran una disposición «más significativa» que los españoles, un 81% frente a un 58%, debido al menor arraigo con su lugar de residencia y a la especial virulencia que la crisis ha tenido sobre este colectivo.

El estudio, elaborado sobre una muestra aleatoria de 1.119 personas, también arroja que los hombres son más proclives a cambiar su residencia por cuestiones laborales, con un 68%, frente al 56% de las mujeres, al igual que las personas de entre 30 y 44 años.

Eso sí, el 79% de los profesionales de entre 45 y 65 años se niega a ceder ante un traslado para mantener el trabajo.

El perfil de la persona ‘móvil’ se encuadra en un varón, de entre 30 y 44 años, con un nivel formativo bajo y de origen extranjero.

De esta forma, las personas con menor formación y menos cualificación ven en el cambio de residencia una oportunidad para encontrar un puesto de trabajo.

El informe de Randstad achaca la escasa movilidad laboral en España, pese a que supone un calor añadido a las empresas, a la cultura de la vivienda en propiedad y el concepto de familia, entre otros factores.

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