Por Esteban Ceca Magán, abogado, socio director de Ceca Magán Abogados.

No es de conocimiento general la básica distinción, en materia de pensiones públicas, entre los denominados sistema de reparto y sistema de capitalización.

Este último, menos solidario, pero mucho más seguro y eficaz, es aquel en que el cotizante paga por sí y para sí sus cuotas, asegurando determinados riesgos. De tal modo que cuando los mismos devienen en siniestros, cobra lo asegurado, al igual que sucede en cualquier seguro privado de responsabilidad civil, multirriesgo del hogar o automóvil, por poner ejemplos clásicos.

En el sistema de reparto, conocido como sistema solidario, uno no paga sus cuotas para sí, sino para toda la colectividad. Mis cuotas de un mes, en ese plazo contribuyen a sufragar la viudedad de un trabajador que fallece, la jubilación de otro que deja la vida laboral activa, el nacimiento de un hijo de unos inmigrantes, o el gasto hospitalario de un accidentado en la construcción de un edificio.

El gasto como vemos se reparte. Se reparte la cuota y se trocea. De modo que sólo una parte residual va a permanecer en el haber del cotizante. Que añadidamente se beneficia de iguales o similares cuotas de terceros. De todos los que conformamos el grueso de cotizantes.

No cabe duda alguna que mientras el primer sistema, el de capitalización pura, justo o injusto y no solidario, pero extremadamente seguro, es equivalente a un puro sistema de ahorro, no sucede lo mismo con el de reparto.

No en vano todos los países, con Chile a la cabeza, han establecido, de una u otra forma el sistema de pura capitalización en los denominados Planes y Fondos de Pensiones privados, compatibles y acumulativos a los de régimen obligatorio de la Seguridad Social. Bastan efectuar los adecuados cálculos actuariales, para que resultando asumibles y proporcionadas las cuotas, el plan no quiebre, se cobren todos los siniestros y jamás se pueda asustar a la población con eventuales caídas o incluso desapariciones del sistema.

No sucede lo mismo con el régimen de reparto, que se fundamenta en el tradicional desideratum de Karl Lowenstein: pensiones para todos, universalidad de la cobertura, cubrimiento de todos los riesgos, pago de siniestros no sólo a los cotizantes, tampoco sólo a los nacionales, ni a los residentes, sino incluso a turistas y transeúntes, que se hallen en un territorio nacional, cuando un riesgo de los asegurados devengue en siniestro. Es decir, universalización de la cobertura.

Pero para este sistema, los riesgos que le acechan son enormes, mucho mayores.

Entre ellos, y básicos, los atinentes a la pirámide de la población, al número de cotizantes y pasivos, unos equilibrados presupuestos gestionados con mano férrea, la desaparición del despilfarro, un obsesivo ahorro de costes supérfluos y sobre todo, dotar al sistema de unos Fondos de Reserva, capaces de resistir una debacle en tiempos de crisis económica y de disminución drástica del número de cotizantes, paralela al incontrolado crecimiento de los parados, consumidores de gasto social, de prestaciones.

El manido ejemplo, auténticamente irrefutable, de los dos cajones de una mesa, a la izquierda el de ingresos y a la derecha el de gastos, no falla. Si los ingresos decrecen, como actualmente sucede, porque el crecimiento de las prestaciones se ha disparado, la quiebra está servida. Y si para disimular el ahogo financiero consumimos los Fondos de Reserva, será como quien por razones sentimentales no venda unas lujosas lámparas a un anticuario. Las conservará, pero la Compañía de la luz le cortará el suministro por impago de las cuotas. Al final, tendrá que recurrir a alumbrarse con velas o mantenerse en la nocturna oscuridad.

Nuestro sistema de pensiones, de reparto puro, ha funcionado siempre mal, pero al fin y a la postre ha sobrevivido. Debiendo resaltar las etapas de gestión austera del Partido Popular, mientras ha gobernado.

En la actualidad, aunque nieguen lo evidente y lo diga quien sea, el sistema está tocado de muerte. A punto de explotar, como un aneurisma de aorta en simil médico.

¿Qué hacer? ¿Dejar morir el sistema? ¿Esperar tiempos mejores? ¿Actuar con cirugía invasiva? Sin duda, esto último.

Hay urgencia extrema en conocer el trasfondo real de las cuentas de la Seguridad Social; eliminar enormes despilfarros; trasladar la gestión a técnicos y profesionales de altura; rebajar las cuotas para favorecer más ingresos, congelar las pensiones más altas; computar, aun transitoriamente toda la vida laboral del trabajador cotizante para su acceso a la pensión contributiva de jubilación, taponar la sangría del desempleo, mediante auténticas políticas de crecimiento de empleo neto; rebajar el IVA al consumo, etcétera, etcétera.

Políticas que lamentablemente parece que no pasan por las mentes de nuestros gobernantes.

Todo lo contrario. El Presidente Zapatero, al igual que desde negar la crisis ha pasado a darla por ya resuelta, sus técnicos en pensiones han pasado desde negar la evidencia de gravísimo peligro de subsistencia del sistema, a asumir, contra las fuerzas sindicales, la posposición de la edad de jubilación como única medida. El parto del ratón.

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