José Antonio Perea Unceta
José Antonio Perea Unceta

Hace pocos días el líder de Boko Haram –considerado un grupo terrorista por el Gobierno de Lagos- proclamó en Godwa, al nordeste de Nigeria, un nuevo Estado, islámico y calificado de califato. Llevamos, asimismo, varios meses oyendo hablar del ISIS, siglas en inglés del Estado Islámico de Irak y el Levante, que combate al mismo tiempo contra los Gobiernos de Damasco y de Bagdad, y que también es considerado por éstos y por buena parte de la comunidad internacional como una organización terrorista.  Pero, ¿son nuevos Estados terroristas?

En primer lugar, la lucha de los islamistas nigerianos, sirios e iraquíes –con la ayuda de miles de voluntarios de otros países- está dirigida a destruir a sus respectivos gobiernos, no a sus Estados. Es decir, lo que pretenden es sustituir a los gobiernos existentes, cambiando radicalmente la organización política del Estado, pero siempre sobre la base territorial y humana de los Estados existentes. Es una insurrección, no una secesión. Por eso, hoy en día en Nigeria, Siria e Irak, como en otros países, como Somalia, Libia o Mali, hay una situación de conflicto armado interno, no internacional propiamente dicho. Combaten facciones internas (con mayor o menor ayuda internacional) contra sus Gobiernos. Y en las guerras civiles hay un solo Estado con varios gobiernos locales, es decir, que en una misma entidad estatal ejercen su jurisdicción sobre parte del territorio y de la población diferentes organizaciones políticas, una de ellas el Gobierno reconocido internacionalmente.

Pero hasta que exista una voluntad expresa y sea efectiva la secesión no habrá en ese territorio varias entidades estatales, para lo que, por cierto, no es necesario el reconocimiento internacional. Así, por ejemplo, Somalilandia –al Norte de Somalia- es de hecho un Estado desde 1991, porque fue proclamado así por sus representantes y actúa efectivamente como un Estado ejerciendo sobre su población y territorio competencias soberanas con exclusividad respecto de otras entidades políticas y especialmente de las autoridades somalíes.  Pero no lo es (todavía) el Kurdistán iraquí, porque, aunque el Gobierno Regional (KRG) actuó desde 1992 como un gobierno de hecho,  en 2005 optó por aceptar ser un territorio federado en el marco del Estado iraquí, aunque con muy amplias competencias en seguridad y en relaciones exteriores.

El ISIS, por su parte, comenzó como una rebelión contra el Gobierno de Bashar al-Assad, ocupando a finales de 2013 el espacio dejado en su retirada progresiva por el Ejército Sirio Libre (ESL), que venía combatiendo desde 2011 contra aquél con la ayuda de Estados Unidos. Esta franquicia aventajada de Al-Qaeda no sólo controla actualmente la mitad noreste de Siria sino que ha ocupado la zona occidental de Irak y ya combate contra los kurdos por el control de los núcleos petroleros del país. Pero por mucho que se autodenomine “Estado”, no es sino una fuerza insurgente, como era el ESL, pero ahora también combatiendo contra el Gobierno iraquí.

Constatado que no son nuevos Estados, queda por ver si ese apelativo de “terroristas” es realmente apropiado. A este respecto hay que señalar que prácticamente todos los Gobiernos con fuerzas rebeldes en sus territorios califican a éstas de terroristas, simplemente por el hecho de que se oponen al Gobierno legalmente establecido y aprovechando que esa calificación de “terroristas” no sólo es un estigma mediático sino que además otorga a las fuerzas gubernamentales carta blanca para combatir de cualquier forma contra ellos, siempre con la pretendida consideración de cuestión de seguridad interna (policial) y no de conflicto armado. De esta forma se obtiene más fácilmente la ayuda internacional y además se elude el cumplimiento de los Convenios y Protocolos de Ginebra que regulan el Derecho Internacional Humanitario.

No obstante, por mucho que Al-Qaeda esté detrás de las fuerzas rebeldes de Mali, Somalia o Siria, no deja de ser un conflicto armado, porque existen hostilidades, porque hay un uso de la fuerza consistente en enfrentamientos entre contingentes uniformados, con unos comportamientos propios de las fuerzas armadas regulares e incluso irregulares como los bombardeos, ocupación de territorio, etc. No realizan sólo o principalmente actos terroristas, sino que esencialmente se comportan como fuerzas beligerantes contra los ejércitos de los Gobiernos de esos Estados. De hecho, en conflictos como el de Siria los incumplimientos de los Convenios de Ginebra en lo que se refiere a la población civil son generales tanto en las fuerzas gubernamentales como en el ISIS.

Y es precisamente esto lo que debe preocupar a la comunidad internacional: que no se busquen subterfugios para evitar el cumplimiento del Derecho Internacional Humanitario; pues en este inicio del siglo XXI la lucha contra el terrorismo internacional prefiere no distinguir –como en Afganistán y Colombia- entre las estrategias policiales que deben aplicar los Estados contra los elementos criminales y las operaciones militares que son propias de los enfrentamientos armados contra fuerzas que, aunque inicialmente criminales, ya deben ser consideradas militares por su forma de organizarse y de actuar  y también muy especialmente por su control de una parte del territorio estatal.


 

José Antonio Perea Unceta

Profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales UCM

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.