Por Teresa González, Colegiado ICAM. Primer premio periodístico GAJ Madrid

 

Cuando el 21 de julio de 1969, Neil Amstrong pisaba la luna, parecía que la historia a partir de la segunda mitad de siglo estaría condicionada por ese hecho. Pero la revolución “silenciosa” andaba gestándose en distintas universidades norteamericanas, donde los mecanismos de Internet estaban en pleno desarrollo.  Hay muchos hitos en la historia de Internet y el arranque del buscador de Google en el año 1998 es uno de ellos. Durante ese tiempo, unos señores muy concienzudos habían estado ingeniando unos algoritmos que permitirían que sólo introduciendo un par de palabras en una casilla se obtuviera información sobre cualquier cosa (o persona). A partir de esa fecha cualquiera podía descubrir, con sólo teclear el nombre y apellidos de un individuo, su clasificación en el torneo de futbito o la sanción impuesta por el ayuntamiento. ¿Cuál es la diferencia entre la anterior vida y esta nueva dimensión digital? Pues algo relativamente obvio, pero con enormes consecuencias. Con anterioridad a la eclosión de los buscadores de Internet, existía, cierto, muchísima información publicada sobre cada uno, pero estos datos no estaban al alcance de cualquiera.

La clasificación de futbito se podía ver en los tablones del polideportivo y la sanción se comunicaba a través de un boletín oficial editado en papel y accesible por suscripción. Todo era público, sí, pero no “para todos los públicos”. Lo que hicieron los buscadores es que esos datos se agrupasen y ordenasen, y se vincularan con una referencia para luego ser consultados, de manera casi gratuita, por quien quisiera. Con la agrupación y posterior diseminación de estos datos, cualquier persona (¡del mundo!) pasó a adquirir una dimensión pública de la que antes carecía.

Hagamos una prueba: teclee en Google el nombre y apellidos de un antiguo compañero de colegio del que no sepa nada. Lea los diez primeros resultados de la búsqueda. Anote lo que ha aprendido. Haga lo mismo con Britney Spears. Y ahora reflexione: ¿de quién ha obtenido más información que antes no conocía?; ¿podría haber accedido a la información de cada uno de ellos de otra forma?; ¿cree haber leído algo que seguramente alguno de ellos hubiera preferido que usted u otros no supieran? … El resultado de este ejercicio es que su antiguo compañero y Britney están expuestos al ojo público y han perdido, por tanto, una esfera de su intimidad.

La diferencia entre su compañero y Britney es que la segunda trabaja en el mundo del espectáculo, lo que además le permite tener en nómina a carísimos abogados y asesores de imagen que luchan por que no se publiquen ciertas cosas. Entretanto su compañero, como gran parte de la población mundial, no goza de esos recursos.

Como resultado de lo anterior nace el “derecho al olvido”, que está siendo estudiado y configurado por la Comisión Europea dentro de una más vasta reforma de la vigente normativa europea de datos. Los objetivos de esta noble iniciativa son dar a cada ciudadano europeo la posibilidad de controlar los datos que sobre él se publican en Internet y, teniendo en cuenta que el ciudadano medio no tiene una séquito de abogados, establecer los mecanismos que permitan hacer efectivo su derecho, trasladando, para ello, la obligación de eliminar sus datos a las empresas y a sus “webmasters”.

El derecho al olvido, según se viene discutiendo, es el derecho del individuo a exigir el eliminado de datos personales o el fin de su diseminación cuando: los datos dejen de ser necesarios, el consentimiento expire o se retire, o se contravenga la normativa aplicable. Así leído no parece un derecho de nueva creación. Los derechos “ARCO” ya otorgaban una protección casi idéntica.

Lo novedoso es, principalmente, el apuntalamiento que hace la propuesta de norma sobre lo que deben hacer los responsables de tratamiento. Éstos deberán eliminar los datos o dejar de procesarlos  cuando expire el fin para el que fueron recogidos y, aquí viene el tomate, deberán informar a terceros para que eliminen los links o referencias a esos datos. Para esto último tendrán que hacer todo lo que esté en sus manos, adoptando las medidas técnicas que se requieran. El responsable de tratamiento se enfrenta así ante una penosa obligación cuyo efectivo cumplimiento va a ser siempre discutible: ¿hasta dónde llega ese deber de informar a terceros en un entorno como la red?…

Con carácter general se podría afirmar que la normativa de datos es diabólica. Ésto es así porque coloca a los responsables de tratamiento en falta permanente. No importa lo diligente que sea una empresa, siempre habrá un papel mal destruido o una fuga de seguridad. Aceptando esta perversión del sistema, hay que reconocer que la normativa ha creado una conciencia social sobre el uso de datos. El mayor éxito del derecho al olvido vendrá, no tanto por su codificación, sino por el debate y las buenas prácticas que genere en el tratamiento y la conservación de los datos por servicios tan escurridizos como Facebook.

Dice la Real Academia Española que olvidar es “dejar de tener en la memoria lo que se tenía o debía tener”. Uno de los mayores retos del derecho al olvido será lograr que muchos datos se eliminen. En paralelo habrá que luchar por que otros muchos no salgan de ese círculo semi-público del que no debieron salir.

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